Sentada en el piso mientras jugaba con mis niños, el mayor me preguntó por la batería de su carrito. Quería saber si ya estaba lista. De inmediato revisé, pero noté que todavía faltaba tiempo para completar la carga. Se lo expliqué, pero él no lo entendió; continuó insistiendo, se desesperó, empezó a llorar y se fue enojado a su habitación.
Este momento me hizo recordar lo importante que es aprender a esperar y confiar en el tiempo, y cómo a veces perdemos la paz cuando las cosas no suceden como queremos o cuando no logramos lo que esperamos. Cultivar la paciencia puede ser más sencillo de lo que crees y, sin duda, puedes lograrlo.
Es cierto que esperar en medio de la incertidumbre y las dudas nunca ha sido fácil. Todos hemos sentido miedo por lo desconocido, por no saber qué pasará o cuestionarnos si lo que vendrá será bueno para nosotros. Sentir estas emociones es parte de nuestra naturaleza; sin embargo, el secreto de la paz reside en confiar en el tiempo, no permitir que el temor eche raíces ni que la duda nos paralice.
Cultivar la paciencia es un arte que se trabaja desde lo más íntimo y profundo del corazón, de la mente y del alma. Lo primero es confiar en ti y en el propósito. Dios siempre escucha; háblale desde el corazón. La paciencia también se aprende cuando decides confiar no solo en tus capacidades, sino en un plan mejor. Dios no es ajeno a tu espera; Él escucha los susurros de tu corazón incluso cuando no tienes las palabras para hablarle.
No apresures lo que está por venir; cada etapa tiene su momento. Las palabras de sabiduría de Eclesiastés 3:1 nos regalan un ancla en medio de la tormenta: "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora". Estas palabras nos invitan a soltar las riendas del control. No hay necesidad de apresurar el amanecer; cada etapa de tu vida lleva consigo una semilla divina, y cada persona que cruza tu camino tiene una misión que cumplir, aunque a veces el sentido de su presencia se nos escape en el presente.
Lo que sí es seguro es que Dios está preparando algo hermoso para ti; está trabajando en una obra maravillosa para tu vida, aunque no lo veas ahora. Dice Eclesiastés 3:11: "Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin". La paciencia nace cuando comprendemos que Dios está tejiendo una historia mucho más grande de la que podemos ver. Si algo no está sucediendo ahora, es porque aún no es el momento o todavía no estás listo para recibirlo.
No te desesperes por lo que aún no ha llegado. La paciencia es más que saber esperar: es una fuerza psicológica, una capacidad emocional y una gran virtud. Se consolida cuando confiamos en Dios sin dudar, lo que significa abrir nuestro corazón a la verdad: esa que te invita a soltar el control, te habla de esperanza y te hace sentir paz. Es dejarlo todo en Sus manos, abandonar el miedo y sostenerse de la fe y del amor verdadero que todo lo puede.
Eclesiastés 11:6 nos envía un gran mensaje: esperar no es detenernos. No significa dejar de luchar por nuestros propósitos, metas o sueños. Recuerda esta palabra: "Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si ambas cosas son igualmente buenas".
La verdadera paciencia florece cuando comprendemos que somos parte de una historia superior a nuestra visión inmediata. Si las puertas no se abren hoy, no es por abandono, sino por protección y preparación. Confiar sin reservas es abrir el corazón a una esperanza que no avergüenza; es abandonar la angustia para aprender a vivir en paz.
Confía en que el resultado final será, sin duda, mejor que tu plan original.
